El norte atlántico: la que no necesita un chaparrón
En la franja que va de las Rías Baixas al Pirineo occidental —Galicia entera, la Montaña de León y de Palencia, el Irati navarro, los valles de Hecho y Ansó en Huesca, el norte de Burgos, el interior de Girona— la humedad es de fondo, no de episodio. El hayedo produce si el otoño viene normal, sin depender de una tormenta puntual, y por eso el rebozuelo puede empezar ya en junio, semanas antes que en cualquier pinar de la meseta.
El Mediterráneo y la tormenta de verano: la que empieza en agosto
Donde el verano trae tormenta convectiva, la temporada se adelanta meses. En la Serranía de Cuenca, en el rodeno de Teruel y en el Montseny barcelonés las descargas de julio y agosto sacan el hongo de verano y la oronja antes de que empiece el otoño; en el Tiétar abulense, al abrigo cálido de Gredos, salen en agosto mientras al otro lado de la sierra, a la misma altitud, todavía no hay nada. Es la producción menos fiable de todas —depende de dónde descargue cada tormenta— pero la que más adelanta el calendario.
El interior castellano: la que espera a septiembre
Soria, Segovia, Guadalajara, Zamora, la sierra de Madrid, la Demanda burgalesa, la meseta abulense: aquí no hay atajo. La temporada grande se juega en si las lluvias generales de septiembre llegan a tiempo y con cuánta fuerza, y se cierra en cuanto entran las primeras heladas, que en estas sierras llegan antes que en otras de altitud parecida. Es el patrón más corto y más dependiente del año concreto de los cuatro.
La alta montaña: la temporada como una escalera
En Huesca, Lleida y el Pirineu de Girona, con más de 3.000 metros de desnivel entre el llano y la cumbre, la producción no se enciende de golpe: baja de cota semana a semana. Arriba puede estar acabando en octubre lo que abajo, 800 metros más bajo, todavía no ha empezado. Mirar solo la fecha, sin mirar la altitud, es la forma más fácil de llegar tarde o demasiado pronto en estas tres provincias.
La primavera aparte: perrechico y colmenilla
Casi todas las provincias comparten una segunda temporada, corta y con fecha casi fija, que no depende del eje anterior: el perrechico —perretxiko, moixernó según la región— sale en las praderas de montaña en abril y mayo con una regularidad casi cultural, y las colmenillas acompañan al deshielo, la rubia en las riberas y la negra en los claros de pinar, entre marzo y mayo. Es el único momento del año en que el norte atlántico, el interior castellano y la alta montaña van casi a la vez.